DARWIN HA MUERTO

DARWIN HA MUERTO

El jardín del naturalista. -Sus libros famosos.-el origen de las especies. – el origen del hombre.-La teoría de la selección natural- La teoría del hombre arboreal y velludo. -Viaje con Darwin por la América del Sm-.-Influencia de América en Darwin. -Sus dos libros sobre nuestra América. -Lo que vio en el Brasil. -Lo que vio en Buenos Aires. -Darwin en Patagonia. -en la tierra del fuego.-en Chile. -en la abadía de Westminster

Darwin era un anciano grave en quien resplandecía el orgullo de haber visto. El cabello, cual manto blanco, le caía sobre la espalda.

La frente remataba en montículos en las cejas, como quien ha cerrado mucho los ojos para ver mejor.

Su mirada era benevola, cual la de aquellos que viven en trato fecundo con la Naturaleza, y su mano, blanda y afectuosa, como hecha para cuidar pájaros y plantas.

En torno suyo había consagrado un mínimo universo, el que llevaba en su ancha mente, y acá era un cerrillo de polvo húmedo en que observaba cómo los insectos van elaborando la capa de tierra; allá, en grupo elocuente, una familia de plantas semejantes, en que por varios y continuos modos, había venido a parar en ser planta florida la que al principio no lo era; bajo aquella urna, era una islilla de coral que le había revelado la obra magna del insecto mínimo; en aquel rinconcillo del jardín, era un grupo de plantas voraces, que se alimentan de insectillos, como aquella terrible planta de áfrica que acuesta sus hojas en la tierra, y atrae así, como león al hombre, al que recoge, como con labios, con sus hojas, y estruja y desangra a manera de boa, para dejarlo caer, ya yerto, en tierra, abriendo sus hojas anchas luego que ha satisfecho el hambre matadora, con lo que van juntos en la vida humana, por apetecer fascinar y estrujar, el arbusto, el árbol, el león y la serpiente; ya se le veía, sentado junto ,y poniendo en junto los hábitos de los cuadrumanos y los del hombre, por ver si hallaba razón nueva que añadir, con la de originación de la mente de los simios, a su teoría de la originación del ser humano en el cuadrúpedo velloso, de orejas y cola puntiagudas, habitante de árboles, de quien imaginaba, en sus soledades pobladas de hipótesis, que podría venir el hombre.

Ya se le hallaba en su hermosísimo cuarto de estudiar, repleto de huesos y de flores, y de cierta luz benigna que tienen los cuartos en que se piensa honestamente, hojeando con respeto los libros de su padre, que fue poeta de ciencia, y estudió con celo y ternura los amores de las plantas, y los ensayos de su abuelo, que ardió como el en sacar respuestas vivas de la muda tierra; o ponía en junto sus obras magnas, humildes en el estilo, fidelísimas en la observación, fantaseadoras en la teoría que saca de ellas, y luego de dejar hueco para dos, ponía primero el origen de las especies, en que mantiene que los seres vivos tienen la facultad de cambiar y modificarse, y mejorar, y legar a sus sucesores su existencia mejorada, de lo cual, examinando analogías y descendiendo de la escala de los seres vivos, en que todos son análogos, va a parar que en todos los animales que hoy pueblan la tierra, vienen de cuatro o cinco progenitores, y todas las plantas, con ser tan numerosas y varias, de otros cuatro o cinco; las cuales primitivas especies, en lucha permanente por la vida con los seres de su especie o especies distintas que quieren vivir a expensas de ellas, han venido desarrollándose y mejorándose y reproduciendose en vástagos perfeccionados, siempre superiores a sus antecesores, y que legaban a sus hijos superioridades nuevas, merced a las cuales, la creación sucesiva, mejorada y continua, ha venido a rematar, de las móneras, que son masa albuminosa e informe, o del batibio, que es mucílago vivo, en el magnífico hombre; cuya ley de creación, que asigna a cada ser la facultad de vencer, en la batalla por la existencia, a los seres rivales que se oponen a su poder de modificarse durante su vida, y reproducir en su vástago su modificación, es esa la ley, ya famosa, de la selección natural, que inspira hoy a los teorizantes cegables y noveles, que tienen ojos ligeros y sólo ven la faz de las cosas, y no lo hondo, e influye en los pensadores alemanes, que la extreman y dan por segura, e ilumina, por lo que la exagerada teoría lleva en sí de fundamentos de hechos lealmente observados, el seno oscuro de la tierra a todos los estudiadores nobles roídos del apetito etemador de la verdad. Y al lado de este Origen de las especies, que fue tal fiesta y asombro para el pensamiento humano como el Reino animal, de Cuvier, donde se cuentan cosas epicas y novelescas, o fa Historia del desarrollo, de Von Baer, que reveló, a luz de relámpago, las maravillas de la tiniebla, o los libros de geología del caballero Carlos Lyell, que ponen de nuevo en pie mundos caídos, la mano blanda del sereno Darwin ponía su Originación del hombre, en que supone que ha debido existir el animal velloso intermedio, de quien cree que el animal velloso se deriva, lo cual movió a buena parte de los hombres, no hechos a respetar la libertad del pensamiento soberano y los esfuerzos del buscador sincero y afanoso, a cóleras injustas, que no siente nunca ante el error el que posee la fuerza de vencerla. Por de contado que la semejanza de todos los seres vivos prueba que son semejantes, sin que de eso sea necesario deducir que vienen los unos de los otros; por de contado que existe semejanza de inteligencia entre el hombre y el resto de los animales, como existe entre ellos semejanza de forma, sin que por eso pueda probarse, con lo que no hay alarma para los que mantienen que el espíritu es una brotación de la materia, que el espíritu ha venido ascendiendo en los animales, en desarrollo paralelo a medida que ascendía su forma. La alarma viene de pensar que cosas tan bellas como los afectos, y tan soberbias como los pensamientos, nazcan, a modo de flor de la carne, o evaporación del hueso, del cuerpo acabable; el espíritu humano se aíra y se aterra de imaginar que serán vanos sus barbaros dolores, y que es juguete ruin de magnífico loco, que se entretiene en sajar con grandes aceros en el pecho de los hombres, heridas que nadie ha de curar jamás, y encender en la sedienta mente, pronta siempre a incendio, llamas que ha de consumir con lengua impía el cráneo que lamen y enllagan.

Mas no revela la Naturaleza esa superior suma de espíritu en acuerdo con cada superior grado de forma; y quien mira en los ríos del Brasil, ve que el cerdo de mar, como madre humana amorosa, lleva a su espalda, cuando nada, a todos sus hijuelos; y que el mono de América, mas lejano en su forma del hombre que el de áfrica, está más cerca de el en su inteligencia; y que una menudísima araña construye, y recompone con singular presteza si se las quiebran, redes para cazar insectos, en que está resuelto el problema de los eneágonos, de forma no revelada aún a los hombres. Y ¿es que es loca la ciencia del alma, que cierra los ojos a las leyes del cuerpo que la mueve, la aposenta y la esclaviza, y es loca la ciencia de los cuerpos que niega las leyes del alma radiante, que llena de celajes, dosela y arrebola y empabellona la mente de los hombres?

El pensamiento puede llevar a hacer saltar en pedazos el cráneo, y puede hender la tierra, y llenar de mar fresco la arena ardiente del Sahara, y el cráneo í30 enfría para la tierra el pensamiento, y el polvo del Sahara puede ahogar en SU revuelto torbellino el cuerpo en que anida el espíritu de un heroe, La vida es doble. Yerra quien estudia la vida simple. Perdón ¡oh mis lectores! por esta lengua mía parlera que se va siempre a cosas graves.

Estábamos en el gabinete de Darwin, y le vimos allí -poniendo de lado lo que el áspero Flourens y Haeckel, que lo venera y adiciona, y el respetuoso Koellicker han dicho de sus obras- ahilar en un hueco de su estante, tras SUS dos libros máximos, tantos otros suyos: Las plantas insectívoras, que parecen fantásticos cuentos; La anti fertilización del reino vegetal, que saca de sí mismo los elementos de su vida; Las formas diferentes de las flores en plantas de las mismas especies; el Poder del movimiento de las plantas, donde se narran maravillas, y travesuras, y misterios de árboles, arbustos y algas, las cuales suelen, en la estación del amor, disputar una parte de sí a que busque en SU hogar retirado la esposa apetecida; y La estructura y distribución de las rocas de coral; las Observaciones geológicas en las islas volcánicas; y su monografía llena de revelaciones y sorpresas, de los animales de la familia cirripeda, y ese último libro suyo, que mueve a agradecimiento, por la ternura que revela su inefable amor a lo pequeño, y por la nueva gala de ciencia, siempre grata a la mente, que al el se debe; en el cual libro dice cómo los gusanillos generosos van labrando, para habitación y sustento de los seres vivos, aquella parte de la tierra en que surgen después, perfumosos y frutados, los próvidos vegetales. Y allá por entre sus libros, rebosábanle muestras de la admiración humana. y diplomas, y collares de Prusia, medallas de Inglaterra título de maestro honorario de las academias que ha poco le burlaban y de las universidades que ponen en duda su teoría, mas inscriben los hechos varios y numerosos por el descubiertos – que son tantos, que parecen bosque que enmaraña y ofusca a quien entra en ellos- en la cuenta de las más grandes, ingenuas y venerables conquistas humanas. Y ¿aquellos dos libros primeros, para los que dejó hueco en su estante? Pues ¿no lo sabíais? el genio de ese hombre dio flor en América; nuestro suelo incubó; nuestras maravillas lo avivaron; lo crearon nuestros bosques suntuosos; lo sacudió y puso en pie nuestra naturaleza potentísima. El vino acá de joven, como naturalista de una expedición inglesa que salió a correr mares de áfrica y América; se descubrió, movido de respeto, ante nuestras noches; se sentó, asombrado de la universal hermosura, en nuestras cúspides; loó con altas voces a aquellos indios muertos que un pueblo romántico y avaro segó en su primera flor; y se sentó en medio de las pampas, en medio de nuestros animales antediluvianos. Acá recogió en las costas pedrezuelas muy ricas y de muy fino esmalte, duras como conchas, que imitaban a maravilla plantas elementales; allá observó pacientemente, escarbando y ahondando, cómo fue haciendo el mar los valles de Chile, llenos aún de incrustaciones salinas; y cómo la tierra llana de las pampas se fue, grano tras grano, acumulando en la garganta de la desembocadura primitiva del viejo río Plata; y estudió en Santa Cruz lavas basálticas, maderas salificadas en Chile, fósiles cetáceos en la Tierra del Fuego, y vio cuán lentamente se fue levantando en el lado del orto la tierra de América; y cómo Lima, del lado del ocaso, ha subido ochenta y cinco pies de tierra desde que puso planta en ella el hombre; y cómo toda esta tierra americana, de un lado y del otro, ha ido ascendiendo gradual y lentamente, y no por catástrofe, ni de súbito; y todo está sencillamente dicho, no como autócrata que impone, sino como estudiador modesto, en su libro Observaciones geológicas, sobre Sud América. Y es el otro de sus libros sabrosísimo romance, en que las cosas graves van dichas de modo claro y airoso, y cuenta a la par las gallardías del gaucho y los hábitos de los insectos, y cuándo hubo caballos en la vieja América, y cómo los doman ahora. Es un jinete sabio, que se baja de su cabalgadura a examinar las cuentas azules que ciñen, a modo de brazalete, la muñecas de las indias de la cordillera, y a recoger el maxiliar de un puma fetido en cuya piel se ven clavadas aún las uñas de los cóndores. No hay en ese diario de investigaciones de la geología e historia natural de los varios países visitados por el buque de Su Majestad Beagle, bajo el mando del capitán Fitzroy, de 1832 a 1836, esa arrogancia presuntuosa, ni ese culpable fantaseo de los científicos apasionados, que les mueven a callar los hechos de la Naturaleza que contradicen sus doctrinas, y exagerar las que las favorecen, y a completar a las veces con hechos imaginarios aquellos reales que necesiten de ellos para serles beneficiosos. El libro no es augusto, como pudo ser, sino ameno. Ni es profundo, sino sincero.

No se ve el sectario que violenta el Universo o llama a el con manos impacientes, sino al veedor pacífico que dirá implacablemente lo que ha visto. En cosas de mente no se ve más que lo que le sale a la faz, y no profundiza hombres, ni le mueven mucho a curiosidad, ni se cuida de penetrar su mundo rico. En cosas de afectos sientase venerador a la sombra de los árboles de tronco blanco de honda selva brasileña, y esgrime marcador de hierro contra los que azotan a su vista a esclavos, a quienes tiene por miserables. Es un fuerte que no perdona bastante a los demás que sean debiles.

Y que, sobre haber nacido en Inglaterra, lo que hace soberbios a los hombres, porque es como venir al mundo en la cuna de la Libertad, era Darwin mancebo feliz, de espíritu primerizo, y no conocía esa ciencia del perdón que viene con una larga, O con una triste vida. La tristeza pone en el alma prematura vejez. Y desde su cabalgadura, o desde su choza ruin medía la tierra, hundía su mano en la corteza de los árboles, bajaba a abruptas criptas, subía a fragantes montes, recogía insectos, huesos, hojas, semillas, arenas, conchas, cascos, flores; comparaba los dientes del caballo nuevo de la pampa rica con las mandíbulas colosales, como ceñidor del tronco de árbol, del caballo montuoso de la pampa primitiva, que murió tal vez de hambre, ante los arboles súbitamente secos en que saciaba su apetito; tal vez de sed, junto al gran cauce enjuto del río viejo. Y fue aparejando hechos, pintando semejanzas, acotando en índices la suma de animales de que hallaba restos en diversas capas terreas; viendo cómo las razas de animales de la tierra propia crecen y prosperan, y cómo las de los traídos de otras tierras se empobrecen y avillanan; cómo hay plantas que tienen de reptiles; cómo hay minerales que tienen de plantas; cómo hay reptiles que tienen de ave. Y pone en suelta en el libro lo que después apareció con el origen de las especies, puesto en su mente en cerrado conjunto. A caballo, anduvo la América frondosa; vio valles como recien hechos de fango; vio ríos como el Leteo; navegó bajo toldo de mariposas, y bajo toldo de truenos; asistió en la boca del Plata a batallas de rayos; vio el mar luciente, como sembrado de astros; pues ¿las fosforescencias no son como las nebulosas de los mares? Vio la noche lujosa, que llena el corazón de luz de estrella; gustó cafe en las ventas del Brasil, que son nuestras posadas; vio reír a Rosas, que tenía risa terrible; atravesó la Patagonia húmeda; la Tierra del Fuego desolada: Chile árido; Perú supersticioso. Aguardase a monarca gigantesco cuando se entra en la selva brasileña, e imagínale el espíritu sobrecogido con gran manto verde, como de falda de montaña, coronado de vástagos nudosos, enredada la barba en lianas luengas, y apartando a su paso con sus manos, velludas como piel de toro añoso, los cedros corpulentos. Toda la selva es bóveda y cuelgan de los árboles guirnaldas de verde heno. De un lado trisca, en manada tupida, el ciervo alegre; de otro, se alzan miles de hormigas que parecen cerros, y como aquellos volcanes de lodo del Tocuyo que vio Humboldt, ora, por entre los pies del caminante, salta el montón con el hocico horadador, el taimado tucutuco; ora aparece brindando sosiego un bosquecillo de mandiocas, cuya harina nutre al hombre, y cuyas hojas sirven de regalo a la fatigada cabalgadura. Ya el terrible vampiro saja y desangra, con su cortante boca, el cuello del caballo, que más que relincha, muge; ya cruza traveseando el guainumbí ligero, de las alas transparentes que relucen y vibran. ábrese un tanto el bosque, mojado recientemente por la lluvia, y se ve, como columna de humo, alzarse del follaje, besado del sol, un vapor denso, y allá se ve la esplendida montaña, envuelta en vagas brumas. Mezclan sus ramas mangos Y canelos y el árbol del pan próvido, y la jaca que da sombra negra, y el alcanfor gallardo. Esbelta es la mimosa; elegante el helecho; la trepadora, corpulenta. Y en medio de la noche, lucen los ojos del cocuyo airado que dan viva lumbre como la que enciende en el rostro humano la ira generosa. Y grazna el cucú vil, que deja sus huevos en los nidos de otros pájaros. El día renace, y se doblan, ante la Naturaleza solemne y coloreada, las tremulas rodillas. Y luego del Brasil, vio Darwin a Buenos Aires. Salíanle al paso, ingenuos como niños, y le miraban confiados y benevolos, los ciervos campestres; los bravos ciervos americanos, que no temen al ruido del mosquete, mas huyen despavoridos luego que ven que la bala del extranjero ha herido un árbol de su bosque.

Leyenda es el viaje; hoy esquivan el tímido de los indios; mañana ven lucir en medio de la noche los ojos del jaguar colerico, a quien irrita la tormenta, y afila sus recias uñas en los arboles; ayer fue día de domar caballos, atándoles una pata trasera a las delanteras, ya estas la cabeza rebelde, y la lengua al labio, y echándolos a andar, sudorosos y maniatados, con la silla al lomo, y el jinete en ella por el llano ardiente, del que vuelven jadeantes y sumisos; el almuerzo es con Rosas, que tiene en su tienda de campaña, como los señores feudales, cortejo de bufones; la comida es con gauchos, con los esbeltos y febriles gauchos, que cuentan como el tirano de la pampa, que tuerce árboles, y con ponerles la mano en el lomo, doma potros, hace tendera los hombres, como cueros, a secar, atados en altos de pies y manos a cuatro estacas, donde a veces mueren.

De un lado veía Darwin el árbol sacro de Gualeguaychú, de cuyos hilos, que en invierno hacen de hojas, cuelgan los indios piadosos, porque la naturaleza humana goza en dar, ya el pan que llevan, ya el lienzo que compraron para los usos de la casa, ya la musiquilla con que divierten los ocios del camino, porque aquel árbol espinoso esta al terminar dificilísimo pasaje, y le ve el indio como nuncio de salud, a quien sacrifica sus prendas y caballos, tras de lo cual cree que ni sus cabalgaduras se cansaran, ni la desgracia llamara nunca a el; y que se sienten felices, con ese gozo penetrante que deja siempre en el alma el noble agradecimiento; que es tal en ellos el árbol que si no tienen cosa que darle, se sacan de sus ponchos un hilo del tejido, y lo cuelgan a un hilo del árbol.

Y más allá, ¡que magnífica sorpresa! Allí están los roedores gigantescos, testigos de otros mundos; restos de megalomis; huesos de megaterio, vestigio del gran caballo americano. Y ¡que ancas las de esas bestias montañosas! ¡Que garras, que parecen troncos de árbol! Y se sentaban al pie de aquellos árboles colosos, y abrazados a ellos, traían a sí las ramas con estruendo de monte que se despeña, y comían de ellas. En mal hora revuelven un nido de avestruz; que el avestruz ataca sin miedo a los viajeros de a pie o de a caballo que revuelven sus nidos. Ruge el jaguar que pasa, seguido de gran número de zorras, como en la India siguen al tigre los chacales; que lo que en otras tierras es chacal, en América es zorra. 0 es el ganado airoso de las pampas, que sorprende al viajero por su elegancia y perspicacia, porque parece el rebaño una parvada de escolares traviesos. 0 son los indios mansos de la cordillera, que brillan como genios del llano, en sus corceles recamados de plata, que ellos guían con fuertes e invisibles riendas de alambre; y aI sol lucen el estribo fulgente, el cabestro enjoyado, la gruesa espuela, el mango del cuchillo. 0 son ya los eunucos del llano, que guardan ovejas, los perros pastores.

Ya el camino desmaya y la tierra se entristece; el gaucho, como amante que anhela vera su amada, mira a la pampa que abandona. Andan en horda los pacíficos guanacos, celosos de sus hembras, que cuando sienten llegada la hora de morir, van como los hombres de la Tierra del Fuego, a rendir la vida donde la rindieron los demás guanacos de su horda. Y de súbito la comitiva tiembla, y los guanacos huyen: es que viene rugiendo el puma fiero, que es el león de América, que se pase a del ecuador fogoso a la Patagonia húmeda, y que no gime cuando se siente herido; ¡bravo león de América! Y más allá están guanacos muertos, y en medio de ellos, como corona del puma, bandadas de buitres que aguardan las migajas de la fiesta del león.

Los viajeros andan silenciosos; los arbustos están llenos de espinas; las plantas son enanas; secas yacen las piedras de sus márgenes; en gotas de rocío apagan su sed los roedores famelicos del bosque.

Así fue para Darwin la árida Patagonia.

Y ¡que negra la Tierra del Fuego! Poco sol, mucha agua, perpetuo pantano: turbio todo, todo lúgubre, todo húmedo y penoso. Los arboles sin flores; las plantas, alpinas; las montañas, enfermas; los abismos, como fetidos; la atmósfera, negruzca.

Y a poco, como divinidades del pantano, los fueguinos asoman, fangosa la melena, listado el rostro de blanco y encamado, de piel de guanaco amparada la espalda, desnudo el pardo cuerpo. Más, a poco que se les mira, surge de aquella bestia el hombre.

Golpean en el pecho a sus visitantes, como para decirles que confían en ellos, y les ofrecen su pecho luego, a que los visitantes golpeen en el. Tienen magos, y tribus, y excelente memoria. El homicidio es crimen de que se vengan los elementos desatando sobre los fueguinos sumisos su cólera. Ha oído hablar del diablo, y dicen que allí no hay diablo. Saben de amar y agradecer, que es saber bastante. Se entró de allí el viajero en mares, y luego en tierra de Chile, donde todas las montañas están rotas, por la busca de oro. Ya no acompañaba al laborioso ingles, ni cargaba su gran caudal de ciencia, el gaucho romántico, temible y alegre, suelto y luciente como un Satán hermoso, sino el ganso presumido, con su espuela pesada, sus lotas blancas y en negras o verdes calzoneras, y muy anchos calzones, y el chilperojo y burdo poncho. Así pasaron por montañas mondas, esmaltadas con breves bosques verdes, como esmeraldas perdidas en ceniza, por los puentes bamboleantes que cuelgan sobre el turbio Maipo, con su inseguro pavimento de cueros secos y de cañas; por las islas flotantes del lago Taguatagua, que son como grandes costras de raíces viejas en que han nacido raíces nuevas, sobre las que cruzar los caminantes, como en cómoda lancha, de una a otra margen del lago. Y a las faldas de aquellos montes mondos leía el viajero a Molina, que cantó los usos de los animales de la tierra; a Azara, cuya obra es tesoro; al buen Acosta, que dijo de las Indias cosas no sabidas. Y emprendía nuevo viaje a ver de cerca los pálidos mineros con sus luengas camisas de oscura y ruda lana, sus delantales de piel curtida SUS ceñidores de color vivo, y sus airosos gorrillos rojos; y ve espantado a los maíseros aspires, que son hombres y parecen bestias, como monstruos moribundos, hasta que echan a tierra la gran carga, que es de doscientas o más libras, y emprenden moribundos, hasta que echan a tierra la gran carga, que es de doscientas o más libras, y emprenden viaje riendo y gracejando, cuando que sólo comen carne una vez a la semana. Y ya salía de Chile el viajero, y ya tocaba las minas de nitrato de sosa en el solitario Iquique; y aún veía ante sus ojos, como aparición permanente y radiante, aquel valle de Quillota, que da gozo de vivir; aquellos llanos verdes y apacibles, que parecen morada natural de la mañana; aquellos bambúes rústicos, que oscilan como los pensamientos en la mente; aquel Ande nivoso, que el alma enrubia y dora, y el sol poniente tiñe de vívida grana. Cargada así la mente, volvió el sabio a europa. Ni día sin labor ni labor sin fruto. Revolvía aquellos recuerdos. Echaba, con los ojos mentales, a andar a la par los animales de las diversas partes del globo. Recordaba, más con desden de ingles que con perspicacia de penetrador, al bárbaro fueguino, al africano rudo, al ágil zelandes, al hombre nuevo de las islas del Pacífico. Y como no ve el ser humano en lo que tiene de compuesto, ni pone mientes cabales en que importa tanto saber de dónde viene el efecto que le agita y el juicio que le dirige, como las duelas de su pecho o las murallas de su cráneo, dio en pensar que había poco del fueguino a los simios, y no más del simio al fueguino que de este a el. Otros, con ojos desolados y llenos de dulcísimas lágrimas, miran desesperadamente a lo alto. Y Darwin con ojos seguros y mano escrutadora, no comido del ansia de saber a dónde se va, se encorvó sobre la tierra, con ánimo sereno, a inquirir de dónde se viene. Y hay verdad en esto: no ha de negarse nada que en el solemne mundo espiritual sea cierto: ni el noble enojo de vivir, que se alivia al cabo por el placer de dar de sí en la vida; ni el coloquio inefable con lo eterno, que deja en el espíritu fuerza solar y paz nocturna; ni la certidumbre real, puesto que da gozo real, de una vida posterior en que sean plenos los penetrantes deleites, que con la vislumbre de la verdad, o con la práctica de la virtud, hinchen el alma; mas en lo que toca a construcción de mundos, no hay modo para saberla mejor que preguntársela a los mundos. Bien vio, a pesar de sus yerros, que le vinieron de ver, en la mitad del ser, y no en todo el ser, quien vio esto; y quien preguntó a la piedra muda, y la oyó hablar; y penetró en los palacios del insecto, y en las alcobas de la planta, y en el vientre de la tierra, y en los talleres de los mares. Reposa bien donde reposa: en la abadía de Westminster, al lado de heroes.

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La Opinión Nacional. Caracas. julio de 1882.

O.C., t. 15, pp. 371-380.

O.e, t. I, pp. 315-323.