Cartas a María Mantilla

25 Marzo.— [1895]

A mi María:

Y mi hijita ¿qué hace, allá en el Norte, tan lejos?

¿Piensa en la verdad del mundo, en saber, en

querer,—en saber, para poder querer,—querer con

la voluntad, y querer con el cariño? ¿Se sienta,

amorosa, junto a su madre triste? ¿Se prepara

a la vida, al trabajo virtuoso e independiente

de la vida, para ser igual o superior a los que

vengan luego, cuando sea mujer, a hablarle de

amores,—a llevársela a lo desconocido, o a la des-

gracia, con el engaño de unas cuantas palabras

simpáticas, o de una figura simpática? ¿Piensa

en el trabajo, libre y virtuoso, para que la deseen

los hombres buenos, para que la respeten los malos,

y para no tener que vender la libertad de su cora-

zón y su hermosura por la mesa y por el vestido?

Eso es lo que las mujeres esclavas,—esclavas por su

ignorancia y su incapacidad de valerse,—llaman

en el mundo “amor”. Es grande, amor; pero no

es eso. Yo amo a mi hijita. Quien no la ame así

no la ama. Amor es delicadeza, esperanza fina,

merecimiento, y respeto.—¿En qué piensa mi

hijita? ¿Piensa en mí?

Aquí estoy, en Cabo Haitiano; cuando no debía

estar aquí. Creí no tener modo de escribirte, en

mucho tiempo, y te estoy escribiendo. Hoy vuelvo a

viajar, y te estoy otra vez diciendo adiós. Cuando

alguien me es bueno, y bueno a Cuba, le enseño

tu retrato. Mi anhelo es que vivan muy juntas, tu

madre y ustedes, y que pases por la vida pura y

buena. Espérame, mientras sepas que yo viva.

Conocerás el mundo, antes de darte a él. Elévate,

pensando y trabajando. ¿Quieres ver como pienso

en ti—en ti y en Carmita? Todo me es razón de

hablar de ti, el piano que oigo, el libro que veo,

el periódico que llega. Aquí te mando, en una

hoja verde, el anuncio del periódico francés a que

te suscribió Dellundé. El Harper’s Young PeopIe

no lo leíste, pero no era culpa tuya, sino del

periódico, que traía cosas muy inventadas, que

no se sienten, ni se ven, y más palabras de las

precisas. Este Petit Français es claro y útil.

Léelo, y luego enseñarás. Enseñar, es crecer.—Y

por el correo te mando dos libros, y con ellos una

tarea, que harás, si me quieres; y no harás si no

me quieres.—Así, cuando esté en pena, sentiré

como una mano en el hombro, o como mi cariño

en la frente, o como las sonrisas con que me en-

tendías y consolabas;—y será que estás trabajan-

do en la tarea, y pensando en mí.

Un libro es “ L’Histoire Générale ”, un libro

muy corto, donde está muy bien contada, y en

lenguaje fácil y limpio, toda la historia del

mundo, desde los tiempos más viejos, hasta lo que

piensan e inventan hoy los hombres. Son 180 sus

páginas: yo quiero que tú traduzcas, en invierno

o en verano, una página por día; pero traducida

de modo que la entiendas, y de que la puedan en-

tender los demás, porque mi deseo es que este libro

de historia quede puesto por ti en buen español,

de manera que se pueda imprimir, como libro de

vender, a la vez que te sirva, a Carmita y a ti,

para entender, entero y corto, el movimiento del

mundo, y poderlo enseñar. Tendrás, pues, que

traducir el texto todo, con el resumen que va al

fin de cada capítulo, y las preguntas que están

al pie de cada página; pero como estas son para

ayudar al que lee a recordar lo que ha leído; y

ayudar al maestro a preguntar, tú las traduci-

rás de modo que al pie de cada página escrita

sólo vayan las preguntas que corresponden a esa

página. El resumen lo traduces al acabar cada

capítulo.—La traducción ha de ser natural, para

que parezca como si el libro hubiese sido escrito en

la lengua a que lo traduces, que en eso se conocen

las buenas traducciones. En francés hay muchas

palabras que no son necesarias en español. Se

dice,—tú sabes— il est , cuando no hay él ninguno;

sino para acompañar a es , porque en francés el

verbo no va solo: y en español, la repetición de

esas palabras de persona,—del yo y él y nosotros

y ellos ,—delante del verbo, ni es necesaria ni es

graciosa. Es bueno que al mismo tiempo que

traduzcas,—aunque no por supuesto a la misma

hora,—leas un libro escrito en castellano útil y

sencillo, para que tengas en el oído y en el pen-

samiento la lengua en que escribes. Yo no recuer-

do, entre los que tú puedes tener a mano, ningún

libro escrito en este español simple y puro. Yo

quise escribir así en La Edad de Oro ; para que

los niños me entendiesen, y el lenguaje tuviera

sentido y música. Tal vez debas leer, mientras

estés traduciendo, La Edad de Oro .—El francés

de “ L’Histoire Générale ” es conciso y directo ,

como yo quiero que sea el castellano de tu tra-

ducción; de modo que debes imitarlo al traducir,

y procurar usar sus mismas palabras, excepto

cuando el modo de decir francés , cuando la frase

francesa , sea diferente en castellano.—Tengo, por

ejemplo, en la página 19, en el párrafo No. 6, esta

frase delante de mí: “Les Grecs ont les premiers

cherché á se rendre compte des choses du monde”.

Por supuesto que no puedo traducir la frase

así, palabra por palabra.—“Los Griegos han los

primeros buscado a darse cuenta de las cosas del

mundo”,—porque eso no tiene sentido en español.

Yo traduciría: “Los griegos fueron los primeros

que trataron de entender las cosas del mundo”.

Si digo: “Los griegos han tratado los primeros”,

diré mal, porque no es español eso. Si sigo dicien-

do “de darse cuenta”, digo mal también, porque

eso tampoco es español. Ve, pues, el cuidado con

que hay que traducir, para que la traducción

pueda entenderse y resulte elegante,—y para que

el libro no quede, como tantos libros traducidos,

en la misma lengua extraña en que estaba.—Y

el libro te entretendrá, sobre todo cuando llegues

a los tiempos en que vivieron los personajes de

que hablan los versos y las óperas. Es imposible

entender una ópera bien,—o la romanza de Hil-

degonda, por ejemplo,—si no se conocen los suce-

sos de la historia que la ópera cuenta, y si no se

sabe quién es Hildegonda, y dónde y cuándo

vivió, y qué hizo.—Tu música no es así, mi Ma-

ría, sino la música que entiende y siente.—Es-

tudia, mi María, —trabaja, y espérame.

Y cuando tengas bien traducida “ L’Histoire

Générale” en letra clara, a renglones iguales y

páginas de buen margen, nobles y limpias ¿cómo

no habrá quien imprima,—y venda para ti,

venda para tu casa,—este texto claro y completo

de la historia del hombre, mejor, y más atractivo

y ameno, que todos los libros de enseñar historia

que hay en castellano? La página al día, pues:

mi hijita querida. Aprende de mí. Tengo la vida

a un lado de la mesa, y la muerte a otro, y mi

pueblo a las espaldas:—y ve cuántas páginas te

escribo.

El otro libro es para leer y enseñar: es un libro

de 300 páginas, ayudado de dibujos, en que está,

María mía, lo mejor—y todo lo cierto— de lo que

se sabe de la naturaleza ahora. Ya tú leíste, o Car-

mita leyó antes que tú, las Cartillas de Appleton.

Pues este libro es mucho mejor,—más corto, más

alegre, más lleno, de lenguaje más claro, escrito

todo como que se lo ve. Lee el último capítulo, La

Physiologie Végétale, —la vida de las plantas, y

verás qué historia tan poética y tan interesante.

Yo la leo, y la vuelvo a leer, y siempre me pa-

rece nueva. Leo pocos versos, porque casi todos

son artificiales o exagerados, y dicen en lengua

forzada falsos sentimientos, o sentimientos sin

fuerza ni honradez, mal copiados de los que los

sintieron de verdad. Donde yo encuentro poesía

mayor es en los libros de ciencia, en la vida del

mundo, en el orden del mundo, en el fondo del mar,

en la verdad y música del árbol, y su fuerza y

amores, en lo alto del cielo, con sus familias

de estrellas,—y en la unidad del universo, que

encierra tantas cosas diferentes, y es todo uno, y

reposa en la luz de la noche del trabajo productivo

del día. Es hermoso, asomarse a un colgadizo, y

ver vivir al mundo: verlo nacer, crecer, cambiar,

mejorar, y aprender en esa majestad continua el

gusto de la verdad, y el desdén de la riqueza y

la soberbia a que se sacrifica, y lo sacrifica todo,

la gente inferior e inútil. Es como la elegancia,

mi María, que está en el buen gusto, y no en el

costo. La elegancia del vestido,—la grande y

verdadera,—está en la altivez y fortaleza del alma.

Un alma honrada, inteligente y libre, da al

cuerpo más elegancia, y más poderío a la mujer,

que las modas más ricas de las tiendas. Mucha

tienda, poca alma. Quien tiene mucho adentro,

necesita poco afuera. Quien lleva mucho afuera,

tiene poco adentro, y quiere disimular lo poco.

Quien siente su belleza, la belleza interior, no

busca afuera belleza prestada: se sabe hermosa, y

la belleza echa luz. Procurará mostrarse alegre,

y agradable a los ojos, porque es deber humano

causar placer en vez de pena, y quien conoce la

belleza la respeta y cuida en los demás y en sí.

Pero no pondrá en un jarrón de China un jaz-

mín: pondrá el jazmín, solo y ligero, en un cristal

de agua clara. Esa es la elegancia verdadera: que

el vaso no sea más que la flor. Y esa naturalidad,

y verdadero modo de vivir, con piedad para los

vanos y pomposos, se aprende con encanto en la

historia de las criaturas de la tierra. —Lean tú

y Carmita el libro de Paul Bert:—a los dos o tres

meses, vuelvan a leerlo; léanlo otra vez, y ténganlo

cerca siempre, para una página u otra, en las

horas perdidas. Así sí serán maestras, contando

esos cuentos verdaderos a sus discípulas, en vez de

tanto quebrado y tanto decimal, y tanto nombre

inútil de cabo y de río, que se ha de enseñar sobre

el mapa como de casualidad, para ir a buscar el

país de que se cuenta el cuento, o— donde vivió

el hombre de que habla la historia.— Y cuentas,

pocas, sobre la pizarra, y no todos los días. Que

las discípulas amen la escuela, y aprendan en

ella cosas agradables y útiles.

Porque ya yo las veo este invierno, a ti y a

Carmita, sentadas en su escuela, de 9 a 1 del día,

trabajando las dos a la vez, si las niñas son de

edades desiguales, y hay que hacer dos grupos, o

trabajando una después de otra, con una clase

igual para todas. Tú podrías enseñar piano y

lectura, y español tal vez, después de leerlo un

poco más;—y Carmita una clase nueva de dele-

treo y composición a la vez, que sería la clase

de gramática, enseñada toda en las pizarras,

al dictado, y luego escribiendo lo dictado en el

pizarrón, vigilando porque las niñas corrijan

sus errores,—y una clase de geografía, que fuese

más geografía física que de nombres, enseñando

cómo está hecha la tierra, y lo que alrededor la

ayuda a ser, y de la otra geografía, las grandes

divisiones, y esas bien, sin mucha menudencia,

ni demasiados detalles yanquis,—y una clase de

ciencias, que sería una conversación de Carmita,

como un cuento de veras, en el orden en que

está el libro de Paul Bert, si puede entenderlo

bien ya, y si no, en el que mejor pueda idear,

con lo que sabe de las cartillas, y la ayuda de

lo que en Paul Bert entienda, y astronomía.

Para esa clase le ayudarían mucho un libro de

Arabella Buckley, que se llama The Fairy-Land

of Science , y los libros de John Lubbock, y sobre

todo dos, Fruits, Flowers and Leaves y Ants,

Bees, and Wasps . Imagínate a Carmita contan-

do a las niñas las amistades de las abejas y las

flores, y las coqueterías de la flor con la abeja,

y la inteligencia de las hojas, que duermen y

quieren y se defienden, y las visitas y los viajes

de las estrellas, y las casas de las hormigas. Libros

pocos, y continuo hablar.—Para historia, tal vez

sean aún muy nuevas las niñas. Y el viernes,

una clase de muñecas,—de cortar y coser trajes

para muñecas, y repaso de música, y clase larga

de escritura, y una clase de dibujo.—Principien

con dos, con tres, con cuatro niñas. Las demás

vendrán. En cuanto sepan de esa escuela alegre

y útil, y en inglés, los que tengan en otra escue-

la hijos, se los mandan allí: y si son de nuestra

gente, les enseñan para más halago, en una clase

de lectura explicada—/explicando el sentido de

las palabras—/ el español: no más gramática que

esa: la gramática la va descubriendo el niño en lo

que lee y oye, y esa es la única que le sirve.—¿Y

si tú te esforzaras, y pudieras enseñar francés

como te lo enseñé yo a ti, traduciendo de libros

naturales y agradables? Si yo estuviera donde tú

no me pudieras ver, o donde ya fuera imposible

la vuelta, sería orgullo grande el mío, y alegría

grande, si te viera desde allí, sentada, con tu

cabecita de luz, entre las niñas que irían así sa-

liendo de tu alma,—sentada, libre del mundo, en

el trabajo independiente.—Ensáyense en verano:

empiecen en invierno. Pasa, callada, por entre

la gente vanidosa. Tu alma es tu seda. Envuelve

a tu madre, y mímala, porque es grande honor

haber venido de esa mujer al mundo. Que cuando

mires dentro de ti, y de lo que haces, te encuentres

como la tierra por la mañana, bañada de luz.

Siéntete limpia y ligera, como la luz. Deja a otras

el mundo frívolo: tú vales más. Sonríe, y pasa.

Y si no me vuelves a ver, haz como el chiquitín

cuando el entierro de Frank Sorzano: pon un

libro, el libro que te pido,—sobre la sepultura. O

sobre tu pecho, porque ahí estaré enterrado yo si

muero donde no lo sepan los hombres.—Trabaja.

Un beso. Y espérame.

Tu

Martí

Cabo Haitiano, 9 de abril, 1895