Cartas a María Mantilla

Mi María:

¿A que no sabes qué te llevo? “Cuatro danzas” lindas, de un señor de acá de México,

a las cuatro hijas de mi amigo Mercado,—y

una “Melopea”, a que Carmita la recite al

piano,—y dos piezas muy finas sobre Ruy Blas

y Carmen .—El domingo me preparó la casa de

Mercado una gran fiesta de música, para mí solo.

Las tres hijas cantan, y una con voz muy pura

y llena,—y tocan, tu rapsodia y tu minueto: por

la noche fue lo hermoso, con la orquesta de once,

de mandolinas, bandurrias y guitarras. Pero lo

admirable aquí es el pudor de las mujeres, no

como allá, que permiten a los hombres un trato

demasiado cercano y feo. Esta es otra vida, María

querida. Y hablan con sus amigos, con toda la

libertad necesaria; pero a distancia, como debe

estar el gusano de la flor. Es muy hermoso aquí

el decoro de las mujeres. Cada una, por su deco-

ro, parece una princesa. ¡Y el cariño de la casa!

Acá ahora tengo muchas hijas. Son mujeres ya

las tres hijas de Manuel Mercado, y para mí son

como si fueran niñas. La casa parece una jaula

de pájaros deshecha cuando llego. Me han puesto

la mesa llena de rosas y nardos: me ha hecho cada

una con sus manos un plato finísimo, de comida

o de dulce: cada una me ha preparado una sor-

presa. A mí, a veces, se me llena de lágrimas el

corazón.—Y me pongo a pensar, y me pregunto

si tú me querrás así, y Carmita, y Ernesto.—Yo

todo lo que veo, quisiera llevárselo: y no puedo

nada: un muñequito sí les llevo, y un amigo que

las ve por todas las partes. ¿Qué plato fino me

preparas tú, hecho con tus manos?

Aquí todas las niñas saben hacer platos finos.—

Y yo, temblar de miedo de que tú no me quieras

como aquí me quieren.

Tu

Martí